La única Barbie que recuerdo haber tenido de niña era la Barbie «Aerobics». Usaba un entallado ‘payasito’ azul (así le decíamos al leotardo), unos calentadores con líneas de todos los colores y aunque usaba cola de caballo ¿qué tal que venía con un par de zapatillas? A mi edad, creo tener como siete años, pensaba «¿no estará muy incómoda?».
Mis hermanas mayores, al menos tres de seis, tenían otra versión de Barbies: Casi todas usaban vestido, tacones, crinolinas, peines, aretes, bolsas, etcétera. Yo la verdad me identificaba más con mi ‘nada articulada’ muñeca y me enojaba porque a la hora de jugar -se suponía que debía ponerla a hacer ejercicio– no le podía doblar las piernas y eso me limitaba sólo a hacerla saltar o a levantarle los largos muslos por lo que terminé aflojándole las rodillas de tanto que intenté doblarlas a la fuerza.
El otro día leí una nota donde vi que una madre australiana, Sonja Singh, científica y fan de las muñecas recicladas, había experimentado quitarles el maquillaje a las famosas Bratz para pintarles nuevos rostros y tejerles nueva ropa. El resultado fue un boom en las redes que llegó a inspirar a otras mujeres que repintaron rostros de más muñecas de Disney transformándolas en personajes de la vida real como la activista Malala (la persona más joven en ganar un Premio Nobel de la Paz). I REMOVE MAKE-UP…
La idea más que genial, me cayó como anillo al dedo, al fin había encontrado una opción lejos de los aparadores para poder acercarle a mi hija y no cuestionarme por seguir reproduciendo la hipersexualización, los estereotipos, las fantasías de princesas y demás que –creo yo- podían confundirla al momento de buscar su identidad.
Ayer vi entonces que Mattel se prestó para hacer una Barbie de Abby Wambach, la futbolista norteamericana ganadora del Balón de Oro en el 2012, retirada, declarada abiertamente lesbiana, un referente sin duda del balompié de Estados Unidos y hasta el sueño se me fue. Si antes las Barbies eran sinónimo de perpetuidad de estereotipos de género e ideales estéticos en las viejas y nuevas generaciones, hoy abren una nueva puerta, una aventura que forma parte de la evolución del significado de la representación de las mujeres en el deporte.
Claro, la mercadotecnia va de la mano, pero el hecho de que una muñeca como Abby, quien acepta haber jugado con Barbies durante su infancia «aunque no lo crean», se muestre en los aparadores entre miles de muñecas inspiradas sólo mujeres ‘femeninas’, es ya un paso adelante en el camino de la no discriminación y qué mejor que sea desde el terreno de juego. ¿La compraría? sí, aunque confieso que muero porque mi hija y yo tengamos una Malala doll en casa y llegue la hora de jugar a las muñecas.
https://www.youtube.com/watch?v=hxL3k9SP1pI
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