Por Olga Trujillo
Samachique, Guachochi, Chihuahua. Sábado por la mañana. Las pisadas sobre las piedras y la tierra suenan a un mismo ritmo… «crack, crack, crack». Deisy Vega, de seis años, lleva un vestido azul cielo detallado con flores y listones rosas, grandes olanes en las mangas y la falda, al que ella le llama traje y cuyo zurcido a mano saben hacer todas las mujeres de su comunidad, la Tarahumara.
Sus huaraches, tan ligeros como sus pies de rarámuri, le ayudan a aguantar las seis horas que faltan para llegar al rancho extraviado entre las montañas de la Sierra Madre Occidental, donde su abuela, la madre-padre de ella, sus dos hermanos y hermana, así como de sus tres primos hermanos, siembra maíz, calabaza, frijol y papa entre otros víveres para subsistir y a donde cada fin de semana hay que ir a recolectarlos.
La vida le ha alcanzado para recorrer otros caminos. Ella, al igual que su pueblo, tiene los pies ligeros. Por eso y por el sentimiento de pertenencia que le dio la reciente carrera de los Tarahumara 21K, Deysi se apuntó para experimentar por primera vez el medio maratón en relevos:
“Sólo corrí siete kilómetros y otro señor y una señora terminaron los 21 en total. No me cansé. Tampoco tuve tiempo de entrenar porque aunque me decidí a inscribirme desde diciembre, no me dio tiempo”. La adolescente con orígenes tarahumara que llevó el número 95 en su pecho y corrió con tenis, no sabe exactamente en cuánto quedó el cronometro de su recorrido, lo que sí acepta es que desea volver a hacerlo.
La sangre llama. Y el oxígeno acumulado por vivir casi toda su vida con una altitud de más de dos mil metros, desea ser liberado. “Mucha gente me preguntaba si los tarahumaras siempre ganan, quizá porque saben que ellos pueden durar un día completo corriendo”, de ahí viene.
Sus pies le han ayudado también a escapar de una realidad difícil. En la tierra donde de cada 100 personas de 15 años y más, sólo cinco tienen algún grado aprobado en educación superior (INEGI), Deysi lleva la delantera. A sus 18 años, apenas hace cinco meses vive en Monterrey gracias a una beca otorgada por la fundación Tarahumara José A. Llaguno por lo que estudia en la Universidad Autónoma de Nuevo León (UANL) la licenciatura en Educación, ya no usa sus trajes coloridos –aunque todavía tiene y sabe hacerlos— pero reconoce que sus pies aún extrañan la tierra.
La historia de otra mujer se cruza en el camino del medio maratón Tarahumara 21K celebrado en el municipio de San Pedro, Monterrey. Se llama María del Rosario Liserio. A sus 37 años y con sólo seis meses de entrenamiento disciplinado, fue la ganadora absoluta de la prueba. Ex trabajadora de una empacadora, con estudios hasta secundaria, una hija y un esposo músico, Rosario terminó el recorrido en 1 hora con 27 minutos y 40 segundos. A diferencia de Deysi, Rosario comenzó a correr a la edad de 30, con su hija en la carriola y dándole cinco vueltas al circuito de Cintermex.
Ahí la vio su actual entrenador Guadalupe Acosta: “Yo quería ser corredora, pero creía que mi tentación ya era pasado. Ahora entreno cinco horas mientras mi hija está en la escuela”. Con esa perseverancia Liserio llegó a la meta. Su experiencia como mujer le hace pensar que las rarámuris — invitadas por la misma fundación Tarahumara para la carrera y para vender sus artesanías– con las que compartió el camino son también inspiración:
“Ellas –las tarahumaras– corren muy bien para el vestuario tan pesado que llevan y para el recorrido de 21K con cuestas, columpios hay que tener agallas. Es gente muy humilde e inteligente, es gente pobre que vive en el campo y uno tiene que poder un granito de arena para apoyarlas”. Por eso su presea hecha de madera tallada con un chivo colgada de listón amarillo y floreado, una bola de una madera especial y una tarjeta de la empresa deportiva que organizó el evento para ropa, fueron suficientes como premiación.
De cinco mil 500 participantes, 117 fueron corredores provenientes de la Sierra (hombres y mujeres). En total este año, las mujeres representaron el 37%, un incremento del 10% respecto del 2015, de acuerdo a Fernando Margain, presidente de IDEM Sport, la empresa que se dedica a operar el maratón, “es una carrera que lleva cuatro años y tiene un concepto muy interesante, no por nada se lleva las portadas en las secciones de culturales, deportivas y generales”.
Parte de lo recabado, dice Rosario Álvarez, la presidenta de la fundación Tarahumara José A. Llaguno sirve “para ayudar a la comunidad con distintos programas para retención de agua, educación y becas; hacemos un tema de corresponsabilidad ellos tienen oportunidad de vender sus artesanías, son excelentes en hacer cestos tejidos”.
La mezcla de corredores, músicos y artesanos, hicieron la fiesta del Tarahumara 21K. La vida de Deysi que pasa sus noches en el albergue donde recibe alimentación y vivienda mientras estudia, aún no le pertenece. Ella piensa en dos palabras: rara (pie) y muri (correr) a su pueblo, a su occidente donde viven los de los pies ligeros, a donde pertenece.


