Hace unos días Ronda Rousey confesó en un programa de televisión que luego de su derrota ante Holly Holm (en noviembre del 2015) había pensado:
«No soy nadie, ahora qué hago si a nadie le importo sin esto«, un llamado al suicidio, dijo, esa palabra con la que lidió por primera vez cuando tenía ocho años y su padre se quitó la vida.
El delicado momento que vivió la estrella de la UFC, fue tomado a la ligera por su próxima contrincante, la brasileña Bethe Correia, quien quiso picarle aún más la herida:
«Quiero quitarle la moral, demostrarle al mundo que ella no tiene un juego de MMA. Ella no tiene una buena mentalidad, necesita conseguir ayuda… Le daré la revancha si no llora mucho. Ella no puede contener la presión, pero le daré la oportunidad de recuperar su cinturón. Por favor, no te mates, no cometas un suicidio porque te daré la revancha.”
Es tiempo de hacernos preguntas. ¿Cuál es el significado de que una mujer como Ronda Rousey –quien logró colocar 2 millones 600 mil pagos por evento en el 2015, poco más de la tercera parte de lo recaudado por la UFC en total (CANCHA) — llegue al punto de querer suicidarse por no ser una «campeona», una «guerrera», una «terminator», palabras que en el medio deportivo comienzan a dejar atrás el lenguaje androcentrista y que normalmente se usan para vestir las portadas donde aparecen sólo los hombres?
Habíamos comentado que Ronda «expande la idea de ser mujer» por ser ruda y fuerte, algo por lo que recibe aplausos y, al mismo tiempo, no se desajusta del ideal ‘femenino’ de la sociedad:
«Miré a mi hombre, Travis, estaba ahí parado y al verlo pensé en que necesitaba tener sus bebés. Necesito mantenerme viva».
¿A qué presión se refiere Bethe Correia? ¿Dónde están quedando lo huecos, qué nos está faltando como medios, como mujeres de alto rendimiento, como sociedad?

Fuentes: Adrenalina, Cancha, En la Pelea.

