«Me alquilo para soñar. En realidad, era su único oficio».
Gabriel García Márquez, Me alquilo para soñar
Vicky Torres es paciente. Se ha subido a todos los rings necesarios y ha boxeado contra quien le pongan enfrente (sean mujeres o palabras prejuiciosas) con tal de pisar suelo brasileño durante los próximos Juegos Olímpicos. Es la única que queda después de que Sulem Urbina (51 kg) y Alma Ibarra (75 kg) «murieron en la raya» pero no lograron clasificar. El Preolímpico –que se lleva a cabo en Argentina–, al que las tres boxeadoras mexicanas llegaron el pasado fin de semana, es la última prueba para lograr ese sueño «su único oficio» que venían practicando en los últimos años.
Mañana es la oportunidad de Vicky Torres y va contra Dayana Sánchez, precisamente argentina «yo sólo espero que los jueces sean justos, que no haya favoritismos», dice la pugilista mexicana quien dejó atrás a Scarleth Ojeda (de Nicaragua) por decisión unánime.
Torres considera que tiene «muchas probabilidades de ganar» a pesar de las travesías que vivió para llegar hasta ese país (como Sulem y Alma): Sin el apoyo de CONADE y más bien con esfuerzos propios «conseguimos dinero con las asociaciones a las que pertenecíamos, con el municipio o boteando como lo hizo Chirino». Eso y que la alimentación sea «limitada», que no traiga un quinto para gastar en las calles albicelestes, donde el olor de los asados se esconde por las esquinas y se mete directo de las fosas nasales al estómago sin permiso, son otras de las batallas que Vicky aguanta con tal de seguir practicando el oficio de soñar. No nos queda más que aplaudir desde la tribuna.

