Por Olga Trujillo
Desde antes de sonar la campana el encuentro ya era desigual. En una esquina, la mexicana Vicky Torres: Nacida en Nezahualcóyotl, 1.62 de estatura y 26 años, medallista de bronce en los Panamericanos de Toronto 2015. Su padre, comerciante, su madre, vendedora de comida, y hermana de tres mujeres.
En la otra: Mikaela Mayer, de Los Ángeles California, estudiante becada de marketing en la Universidad del Norte de Michigan, 1.77 de altura, misma edad, campeona nacional de Estados Unidos 2014 y 2015 (60 kg), exmodelo y miembro de una familia de tres hijas criadas por el padre (divorciado) diseñador de juguetes en Mattel…

Hace cuatro años, la pugilista norteamericana se quedó a dos puntos de clasificarse a Londres 2012 y lo primero que declaró en las entrevistas al término de sus encuentros fue: “voy por los Juegos Olímpicos de 2016”. El contraste con la respuesta de Vicky Torres para saber si desearía pelear para los Juegos de Tokio, es contundente: “el rumbo es incierto a causa de la falta de recursos”.
Los sueños se entrelazan. Mikaela comenzó a boxear a los 17. Era 2007 y en ese momento Londres 2012 ni siquiera tenía nombre, pues el boxeo femenil no era parte del programa olímpico.
En un principio utilizó sus únicos 75 dólares para inscribirse a Muay Thai, un arte marcial parecido al kick boxing. Combatió en diez ocasiones; las ganó todas y luego jamás volvió. Un año después el boxeo la reubicó en un gimnasio: “Me dio un propósito y pasión, lo cual es lo más importante que puedes encontrar”, relató en un texto autobiográfico para una revista digital. El modelaje que, de acuerdo al mismo texto, no pasó de los portafolios de los fotógrafos y de la portada de una pequeña revista, se fue directo a segundo plano.
En México, los inicios de Vicky Torres, también tenían qué ver con el doble amor: el de los guantes y el del amateurismo. Estudiante de comunicación en la Universidad Autónoma Metropolitana, apenas rebasaba los 20, cuando su padre, Claudio Torres, la llevó a ver a entrenar a su media hermana, Ana María “La Guerrera” Torres. Desde entonces, Vicky lleva seis años con los guantes puestos (tres de ellos entrenando en el CDOM) y la escuela quedó inconclusa.
De vuelta al otro lado del ring
Algunas veces para soñar, también se necesitan recursos. Tras la aventura fallida de Londres, su padre decidió continuar apoyándola económicamente para perseguir su anhelo. También lo hicieron su entrenador, patrocinadores –entre ellos un comercial de una bebida refrescante--, la Federación Estadounidense de Boxeo y los ahorros de su trabajo sirviendo tragos en bares los fines de semana. Su rostro como una de las representantes de la selección nacional de boxeo Estados Unidos, se fue a todos los torneos y campamentos internacionales.
En cambio Vicky, también medallista de bronce en los Centroamericanos del 2014, cuenta otra realidad para competir: “Fui como a cuatro o cinco competencias internacionales incluyendo Centroamericanos y Panamericanos, CONADE me llegó a pagar como 6 mil pesos cuando me dio beca, hasta que faltaban meses por depositar o se retrasaron con los pagos, más bien la Asociación del Estado de México desembolsó para poder ir al Preolímpico y Fire Sports nos facilitó equipo e incluso algunas veces pedimos dinero en la calle. Supuestamente la cantidad de mi beca subiría por mis resultados deportivos, pero sigo esperando. Ignoro la dimensión de la problemática entre la Federación y CONADE pero eso no justifica el retiro de apoyo hacia nosotros”, cuenta la pugilista mexicana.
En la actualidad al padre de Vicky “le encanta que sea boxeadora” de hecho “está ansioso para que ya debute como profesional”, cuenta, sin embargo, ella aún no se decide “a veces peleamos un poquito por eso”, menciona. Quizá en su mente, a pesar de todo, Tokio no sea tan mala idea. La pelea rumbo a Río la había perdido debajo del ring.

